Oír o escuchar, ese es el dilema…

El oído es el órgano sensorial a través del cual percibimos los sonidos: su volumen, timbre, tono, y la dirección de la cual provienen. Nos permite escuchar la música, la voz, los sonidos del ambiente y como factor más importante, es el medio por el que interactuamos con otras personas, posibilitado el desarrollo del lenguaje de forma inigualable, plasmando en sonidos la vida interior de cada ser humano. En consecuencia, la audición posibilita acceder al campo físico, biológico y social común, configurando nuestras interacciones con el paisaje acústico y con los otros que lo habitan.

Esto no significa que las personas que ven disminuido o atrofiado este sentido se encuentren privadas de comunicación e interacción, por el contrario, al ser educadas en la habilidad y conciencia sobre la importancia de la interacción, en ocasiones son mucho más hábiles en la receptividad comunicativa. Pero en la actualidad, incluso personas en pleno uso de todas sus habilidades comunicativas encuentran grandes dificultades en el desarrollo de la escucha consciente y en consecuencia de una calidad comunicativa armoniosa.

Cuando hablamos de habilidades lingüísticas nos referimos a aquellos fundamentos del lenguaje que estructuran nuestros sentidos de representación y las formas de comunicación en cuanto al dominio del habla, la lecto – escritura y la escucha. En este sentido, mucho se ha debatido desde la filosofía y la lingüística sobre el valor del lenguaje y sobre arte de saber hablar; no tanto así quizás, sobre el valor de la escucha.

Como en muchos aspectos de la vida, el ejercicio consciente de la voluntad es lo que diferencia una acción mecánica o rutinaria de una acción dirigida y con propósito. Es importante hacer esta distinción para especificar a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de escucha activa, en contraposición a la acción permanente y mayormente involuntaria que implica oír. Decimos entonces que la escucha a diferencia del “oír” es ante todo un acto de voluntad, una acción deliberada que habilita un canal comunicacional más profundo.

Como explica el autor Francesc Torralba, para profundizar en este concepto podemos remitirnos a la etimología propia de la palabra: del latín “Auscultare”, que viene a significar una suerte de ´´Inclinar la oreja´´. Esto implica dirigir la atención y receptividad hacia determinado punto, acción que nos exige mayor compromiso con la fuente emisora y una elaboración más consciente de la información recibida.

Desde mi práctica diaria con la educación musical he podido identificar señales de deterioro en cuanto al desarrollo cognitivo en relación con la escucha. En ocasiones se confunde la acción de escuchar como un simple mecanismo de recolección informativa y no como forma válida de interacción y expresión afectiva y efectiva con el entorno.

Es por eso por este motivo que me he interesado en analizar las implicancias más profundas del desarrollo de una escucha saludable, de la mano de una temprana educación musical responsable.

Finalmente cabe preguntarnos, ¿Somos conscientes de nuestra calidad de escucha? ¿Existe una pedagogía de la escucha plena? …en nuestra vida diaria, ¿Oímos o escuchamos?